Buena es poco. Decir que una novela es buena significa que te ha gustado. Pero La Plaza del Diamante es algo más. No importa que te guste o no. Trasciende el gusto individual como un Leonardo es una obra maestra tanto si te gusta como si no. Hay algo en este libro que va más allá de lo propio y salta la barrera de lo personal para entrar a colarse, sin pasar por la casilla de salida, en el acervo literario global que nos pertenece a todos como sólo puede hacerlo el arte, convirtiéndose en una joya de la humanidad.

Porque en lo que se refiere al gusto personal, el estilo de Rodoreda es magnífico, clave, una delicia. La forma en que repite conceptos, la forma en que repite palabras, la forma en que repite sintagmas. Y la poesía con la que cabalga las frases y entremezcla íes griegas continuamente y plasma proposiciones de sentido una detrás de otra y deja un reguero de sentencias contenidas que todo lo contienen y enlaza esas palabras con información que a veces se repite en ciclos y ofrece algo más que una mera réplica del significado y te entrega en bandeja un atajo de datos que crecen al leerlos y que crecen al repetirlos y que te llenan al crecer y al sentir por un momento la grandeza de lo que estás leyendo y del estilo que estás leyendo. Y así escribe Rodoreda.

Con esa poesía que todo lo cubre.

Aunque tenga momentos de espontánea belleza, donde surge de repente indómito un párrafo más poético, la prosa es poemática cubriéndolo todo, aunque a veces sea en el fondo y a veces en la forma. Rodoreda escribió el que para mí es uno de los párrafos más bellos jamás escritos en lengua española y catalana:

Y sentí intensamente el paso del tiempo. No el tiempo de las nubes y del sol y de la lluvia ni del paso de las estrellas adorno de la noche, no el tiempo de las primaveras dentro del tiempo de las primaveras, no el tiempo de los otoños dentro del tiempo de los otoños, no el que pone las hojas a las ramas o el que las arranca, no el que riza y desriza y colora a las flores, sino el tiempo dentro de mí, el tiempo que no se ve y nos va amasando. El que rueda y rueda dentro del corazón y le hace rodar con él y nos va cambiando por dentro y por fuera y poco a poco nos va haciendo tal como seremos el último día.

Porque Natalia y Colometa evolucionan con ese tiempo interior que les da forma. De la simpleza de Colometa nada diré. No es simple aunque lo parezca. No es simple aunque lo pretenda. Al contrario, es un catalizador de lo que se nos muestra. Y lo que se nos muestra es una realidad tan rica, tan viva, tan llena de matices y pareceres y querencias, que nunca Colometa es sencilla aunque lo sea. No, no es inocente. Lo es porque el personaje lo es. Pero en la prosa de Rodoreda la inocencia es un puente a lo salvaje, a lo complejo, a lo inconmensurable de la guerra y la muerte y el amor y el hambre y la bajeza moral y la miseria y la felicidad. Todo ello en un personaje que sobrevive.

Hay dos protagonistas: Colometa, que es del Quimet y que no es nadie en la medida en que su personalidad queda anulada, y que no conoce el mundo, y que sólo se deja llevar; y luego está Natalia, que es alguien, y es persona, y se le ofrece respeto, y encuentra su sitio. Es la paloma, con su libertad perdida y recuperada, quien nos guía entre la miseria por esa España de guerra y maltrato. Tiempos de hambre.

Tiempos de miseria, sí, y de miserables.

La tertulia literaria del club del libro Ciervo Blanco fue excelente, con un debate que se alargó más allá del tiempo establecido y podría haber seguido eternamente, en el que revivimos a Colometa y a Natalia, y al Quimet y al Mateu y al Antoni, y con ellos disfrutamos como niños de una de las mejores novelas jamás escritas en la península ibérica.

Una historia contada de tal forma que parece que leemos un cuento para niños, pero es muy adulta. Y como consecuencia La Plaza del Diamante reluce con la inusual belleza del diamante. Genial, dramática, terrible, cautivadora, elegante y sencilla si se puede ser tales al mismo tiempo, conseguida y sin pulir, magnífica y humilde en cada frase, temible y acogedora en el alcance de lo que se nos deja intuir, y recomendada encarecidamente. Gracias, Mercè, que tu exilio en Francia y las páginas que escribiste nos sirvan de lección a todos, y de pulido deleite en bruto.

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