Sutil. Humilde en el planteamiento y en la trama, y por este motivo también profundo en su alcance con la precisión que sólo da la tranquilidad incluso en lo difuminado de sus páginas, en la neblina que envuelve Sokcho y a sus personajes. Noble en esencia, porque no toma riesgos. Demasiado relajado, quizá, precisamente porque no los toma. Se echa en falta un paso más. Un golpe de efecto. Un toque mágico. Un sentido más elaborado revelado en la profundidad tranquila que todo lo puebla. Pero no lo encontramos. Y, como la protagonista, nos quedamos fríos, con un anhelo que no se culmina, con un deseo que no llega a materializarse, con la sensación de que era más grande lo que pudo haber sido que lo que en realidad fue, pensando que el libro podría haber llegado a mucho más, y se queda en nada, sin rango de alcance más amplio.

Y sin embargo, en esa nada, nos relajamos en sus páginas. Dice mucho a favor del libro el poder relajarse entre sus frases siendo tan tremendamente breve. Es una novela que no llega más allá de donde debe, con la palabra exacta, la longitud calmada. Como si se tratara de un árbol bien podado hasta su justa medida. El problema, creo, es que no florece. Y se queda así, a la intemperie, breve, escueto, sin alzarse al Sol y deslumbrarnos, inmóvil, tan estático que sólo tan podado se ajusta a la trama.

Cobarde, también, en muchos pasajes. Como quizá sus personajes, que no llegan a ser en plenitud, reducidos a bagajes y girones y quizás. Es el libro de la sutileza. También el libro de lo que pudo ser y no fue. La novela de las decisiones que no sabemos que tomamos pero sólo por actuar, por movernos en una dirección o permanecer estáticos, tomamos. Mientras la madre de la protagonista cometió un error que quizá no fuera tal, pues dio lugar al personaje principal, la hija no repite los pasos de la madre. Tentada a hacerlo, sí. Mucho. Pero ve un reflejo. Ve el reflejo de sí misma en su madre, y no se gusta. Y no quiere ser como ella, así que el extraño francés que tanto le atrae se queda en eso, un extraño. Y nada sucede.

El transfondo lo es todo. Las sutilezas en un libro ya de por sí sutil. Y una historia que cala sólo cuando se la piensa, cuando el reflejo de lo que hemos leído nos hace vernos con otros ojos en un pueblo coreano tan similar al resto de aldeas del mundo que no hay nada diferente ni en la historia, ni en los personajes, ni en lo que nos transmite. Es, sin embargo, para resumir, preciso, esencial y exacto en su humilde mediocridad de ensueño.

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